Saturday, April 1, 2017

LA MEJORADA: Despedida de mi padre (V), por Faustino Martínez

 Balcones de las celdas monacales de la fachada oeste 
de La Mejorada. En el ventanal central corresponde
 a la habitación o celda (así la llamaban) del Padre Rector. 
El ventanal de la izquierda corresponde a la “celda”  de 
Monseñor Teodoro Labrador, Arzobispo de Foochow, China
(Fotografía del autor).

Terminamos de ubicarnos. Mi padre y yo bajamos hacia la llanura exterior de La Mejorada con todos los demás.

A aquella llanura árida la denominaban “La Cañada”, un antiguo camino pisoteado durante siglos por el ganado ovino trashumante.

Siempre pegado a mi padre que aprovechaba para darme sus últimos consejos, viendo mi estado de ánimo continuaba animándome para asumir aquel reto que yo tenía ante mí. Además de motivarme a estudiar, a obedecer lo que mis nuevos profesores me indicasen, a ser buen compañero, aprovechar bien el tiempo y que escribiese a casa, me ponía como referencia indirecta lo que había dejado atrás: la mar. Seguramente que todos mis amigos adolescentes de Llastres desearían estar en un colegio como aquel que me acogía y me brindaba inéditas oportunidades. Me decía que yo era un privilegiado. Y él también contribuía a ello renunciando a mi ayuda en las faenas de la mar. Yo apenas hablaba, embargado por la “murria” y reprimiendo el impulso de rogarle que me llevara de vuelta para Llastres.

Pero era consciente de que no podía hacerle aquella faena después de implicarle en aquella nueva singladura que iniciaba con los Dominicos. Ni se me ocurrió decírselo.

Sin hablar y en silencio recordaba todos los buenos consejos que también mi madre me había inculcado tantas veces. Me preguntó sobre qué le iba a decir a mi madre cuando él llegase de vuelta a Lastres. Yo tragué saliva mordiéndome un esbozo de “puchero” que por mis labios descontrolados me delataba. Unas lágrimas rebosaron mis ojos y surcaron mi rostro en silencio con la mirada perdida en el suelo de la polvorienta y reseca cañada.

Mi padre y yo nos sentamos en el borde de la seca acequia que aproximaba el agua del río Adaja hasta las huertas del Colegio y a la piscina. No hablábamos. Cogí un pequeño palo que encontré y comencé a dibujar en silencio sobre aquel reseco camino el esquema de pequeños barcos, como si quisiera rescatarlos del Cantábrico y traerlos hasta allí. Era una manera de “hablar” sin hablar, mientras en silencio mi padre y yo nos comunicábamos y nos entendíamos. Por mi parte hacía ímprobos esfuerzos por controlar mis ganas de llorar y de suplicar a mi padre que me llevara de vuelta con él a casa. Pero me acordaba de lo que le había prometido a mi madre al despedirme de ella en Llastres. Recordaba que ella me había dicho, seguramente que llorando por dentro:

- “¡Fiu miu... si tú no lloras, yo tampoco lloraré...!  Por lo que me despedí de ella sin que me viera llorar.

Años después supe que ella lloraba casi todas las noches de aquel primer curso acordándose de mí. Mi padre estaba siendo testigo de que mi intento por ser fiel aquel pacto no era capaz de cumplirlo. ¡Pero me reafirmé en ser fuerte, a pesar de mi debilidad!

En la Cañada había un grupo de críos mayores que intentaban jugar al futbol en aquel campo llano, pero sin hierba verde. Otros jugaban al péndulo, otros al frontón y al criquet. Yo no tenía ni ganas de jugar, ni me apetecía. Debo decir que siempre se me dieron bien todos los deportes. Me gustaba jugar, pero aquel primer día se me habían quitado las ganas hasta de comer. No había desayunado nada ni me apetecía comer nada. Detecté que mi padre estaba preocupado por mi estado de ánimo y sobre todo porque no había comido nada. ¡Debido a aquel estado de “morriña” tardaría tres días en meter algo en la boca.!

En un momento dado mi padre y yo nos levantamos del borde de la acequia. En la cañada no había asientos. Tan solo unos apoyos de piedra adosados a la puerta de entrada, junto a los frontones. Estaban ocupados. Nos aproximamos al grupo y allí descubrí con admiración por primera vez a un inolvidable Padre Dominico. Su hábito lo llevaba mal puesto, revirado. Aquel fraile cojeaba. Tenía medio cuerpo paralizado por una antigua trombosis. Pero charlaba alegre y animaba a todos los recién llegados. Fumaba en pipa y su hábito despedía un fuerte olor a tabaco. Era un fraile asturiano, el Padre Eugenio González. Nos preguntó afablemente que de dónde éramos. Me dio la impresión de que se alegraba de nuestra condición de asturianos, aunque no conocía Llastres. Él era de Santibáñez de Murias, de la cuenca minera asturiana. ¡Era de Asturias!, por lo que de alguna manera me resultaba más familiar su acogida y me sentía como protegido por aquel venerable sacerdote asturiano.

Me animó con unas palabras llenas de cariño regadas con una sonrisa llena de ternura, que me pareció maravillosa y entrañable viniendo de aquel hombre impedido. Luego me enteré que había sido misionero toda su vida en Viet Nam, en Tonking. A lo largo de las siguientes semanas la amigable presencia del Padre Eugenio nos alentaría a muchos de nosotros.

Despedida de mi padre.

Aquella primera mañana pasó volando. Me aferraba al lado de mi padre y parecía que el tiempo corría más deprisa ante su inminente marcha de vuelta para Llastres.

Llegó el momento de la despedida. Volví a sentir más profundamente aquel doloroso sentimiento nunca vivido por mi experimentándolo con sufrimiento interior. Era un estado emocional nuevo, desconocido y doloroso. Me iba a despedir de un ser querido, admirado y reverenciado como mi padre, que era mi protección, mi referencia vital y al que no iba a ver en casi un año. A mi madre la echaría mucho de menos, pero cuando me despedí de ella en la estación del ALSA de Llastres no me afectó tanto la despedida por toda la ilusión que se abría para mi ante un viaje que me parecía una excursión turística.

Mi padre me dijo que era la hora de marcharse de vuelta para Asturias. ¡Aquellas palabras me cayeron como un mazazo dentro de mi alma de crio! Aquel aviso de separación me hizo asumir la realidad y todo cuanto implicaba. Volvió en mi a brotar con fuerza mi impulso de huida, de retirada, terminado aquel hermoso viaje en tren hasta La Mejorada. Me dolía el alma cada vez que reprimía mis ganas de decirle y suplicarle que quería volver para casa, para Asturias, que me volviera a llevar para casa con él.

Pero no podía defraudarle de esa manera. Se había gastado mucho en ropa y en aquel viaje con gran sacrificio para la humilde economía de una familia marinera. Mi padre tampoco había ido a la mar durante aquellos cuatro días del viaje, por lo que había dejado de pescar y de ingresar unas ganancias. En la mar, si no vas a ella o no pescas, no ganas. No hay sueldos fijos. Mi padre – como ya he dicho-  estaba renunciando también a mi ayuda como futuro aprendiz de pescador para que yo pudiera encontrar mi vocación, mi futuro.

Dentro de mi pugnaban aquellos sentimientos contrariados, por una parte, de marcharme, de volver por donde había llegado y por otra parte de asumir y reafirmarme en lo que había comenzado. Desgarrado por dentro opté por reafirmarme en las consecuencias de la decisión en la que yo había participado.  Tenía que apechugar con las consecuencias.

Antes de darme un fuerte abrazo y un beso mi padre me recordó, como un desafío, aquello de que: “¡Los hombres no lloran! Yo trataba de tragar para dentro mi llanto. Y él volvió a reiterarme, que, si yo lloraba, qué le iba a decir a mi madre si él me había dejado allí llorando. Volví a tragar mi llanto, para que no me viera llorar. En aquel momento de la despedida mis ojos se humedecieron, pero no lloré, ni me quejé. Me recordó que no quedaba solo, que allí tenía a mi amigo Andresín y al Yondrin, a los que todavía no había podido saludar.

Volvió a darme varios besos y observaba con pena cómo yo estaba a punto de que mis lágrimas se desbordaran incontenibles por mis mejillas. Se montó con los demás padres en el remolque que nos había traído. Unidos con la mirada, él se perdió en la primera curva del polvoriento camino de La Mejorada a Olmedo y yo me sumergí en aquel nuevo viaje en busca de mi destino.

Al ver que lo perdía de vista en la distancia se rompió mi alma de adolescente que nunca había tenido aquella experiencia de separación. Desde entonces soy consciente y asumo que todo se nos despide en cada instante de nuestras vidas. No me gustan las estaciones de tren, ni las despedidas, pero tengo que vivir con ellas.


La mayoría de los niños que allí habíamos llegado aquel día parecían estar como yo. Algunos lloraban visiblemente. Creo que mi padre, al igual que mi madre, sufrirían lo suyo al tener que desprenderse y separarse de uno de sus hijos a esa edad de once años. Sin duda era evidente que la totalidad de los que allí habíamos llegado aquella soleada mañana de finales de septiembre deberíamos estar pasando por sentimientos parecidos

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