Friday, June 3, 2016

DEL CAMPO A LA CIUDAD. TESTIGOS Y PROTAGONISTAS DE UN CAMBIO HISTÓRICO ***, por Reyes Mate

 
Reyes Mate en la concerencia (Imagen: Luis C. Díaz)
 1.Cualquiera podría hacer esto de leer nuestra historia, la historia de las generaciones que estamos aquí representadas, desde la experiencia que hemos tenido con los dominicos. Si yo he osado aceptar abrir el fuego o el diálogo es porque este encuentro está movido por el reconocimiento. Tener el honor de encabezar el capítulo de agradecimientos es algo a lo que ninguno de nosotros podría negarse.

La forma correcta de recorrer este camino sería la de sumar relatos que contáramos cada uno de nosotros y al final de tantas pequeñas historias hiciéramos un balance. Pero eso de momento no lo tenemos hecho y no lo podemos hacer hoy por falta de tiempo, así que mientras eso llega, lo que yo me voy a permitir son algunas consideraciones generales que sirvan de marco a nuestras biografías. Son consideraciones que, aunque quieren ser objetivas son muy personales, por eso pido disculpas por adelantado a quien se sienta incomprendido o mal interpretado.

Esas reflexiones deberían tener en cuenta a la gente que hemos pasado por aquí y a las circunstancias que nos han acompañado. Veamos, pues.

Aquí estamos convocados personas que fueron niños en la posguerra hasta jóvenes que rompieron sus relaciones con los dominicos en los años ochenta. Abarcamos por tanto un tiempo muy prolongado en el que se han sucedido distintas generaciones. Como resulta que no soy sociólogo ni estamos aquí para aburrirnos demasiado, voy a personificar. Los de mi curso -niños entre diez y doce años-llegamos al internado de La Mejorada en septiembre de 1952. Aunque a esas alturas sobrevivían los duros efectos de la posguerra, ya se anunciaban cambios que anunciaban el final de la autarquía y del aislacionismo internacional. Recordemos la firma del Concordato con la Santa Sede y el acuerdo militar con los Estados Unidos, uno y otro en 1953. En los cielos azules de la campiña olmedana podíamos divisar en aquellos días la estela blanca de los aviones americanos “de propulsión a chorro” que nos decía el P. Regino.

Había señales de cambio, pero para los que llegábamos al caserón de La Mejorada, al igual que para los que ya habían pasado por allí y estaban a la sazón en Santa María de Nieva, éramos la generación de la postguerra. Todos nosotros teníamos unos rasgos comunes que se prolongarían hasta el año 1960. En ese momento se produce un corte generacional, al que luego me referiré, y que da paso a un nuevo tiempo.

2.Las circunstancias generales que caracterizaban y ambientaban a estos niños que llegan a “Tierra Pinares” desde muchos puntos del centro y del norte de España, eran las siguientes.

En primer lugar, el nacional-catolicismo, una expresión aviesa y poco amable (evocaba al nacional-socialismo) que puso en circulación José Luiz López Aranguren. Lo que se quería dar a entender con esa expresión era la omnipresencia de la Iglesia española durante el régimen franquista, aportándole un punto añadido de represión ideológica (que se sumaba a la represión política para la que se bastaba el “Generalísimo”).  La Mejorada se llevaba bien con la falange, como recordarán los que fuimos llevados en el verano de 1953 a un campamento del Frente de Juventudes situado en San Rafael (Segovia), vestidos de falangistas. Tampoco se toleraban expresiones verbales que evocaran tiempos pasados (republicanos). Os acordaréis del destino de aquellos ingenuos “huelguistas” que un jueves, durante el paseo con el P Fabián, les dio por correr en grupo, pidiendo que ofrecieran más pan en la comida. No sé si ellos mismos sabían lo que significaba la palabra “huelga” que era lo que gritaban mientras corrían. No lo sé, aunque muchos de ellos eran asturianos con lo que cabe pensar que la podían haber oído en sus casas. Pero quien lo oyó fue un descompuesto P. Fabián, quien, a de golpe de silbato, nos recondujo deprisa al colegio. Allí dio parte al director, P. Villarroel, y aquellos niños fueron reexpedidos sin más trámites a sus casas. Despedidos pues no por hacer la huelga, que no hubo tal, sino por usar una palabra que evocaba otros tiempos y otras circunstancias. Entre ellos había un guaje vivaracho, de Pola de Lena, llamado Aquilino, y otro, más bien fornido, Ramiro, de Arenas de San Pedro.

        Una sociedad, en segundo lugar, en la que la religión era una forma de promoción social. Veníamos a estudiar algo que no podíamos hacer en nuestras casas ya que la escuela obligatoria duraba hasta los 12 años. Pocos seguían los estudios hasta esa edad porque había que trabajar y los maestros no tenían medio de obligarles a asistir. En cualquier caso, estudiar más allá de los 12 años cumplidos, era una empresa accesible a muy pocos.

   
Día familiar en La Mejorada (Imagen: Julio Gutiérrez Alonso)
     Una tercera característica que nos era común consistía en la procedencia rural de la mayoría de nosotros. Veníamos de pueblos, de familias modestas, a muchas de las cuales costaba reunir el pequeño ajuar que se nos exigía. No había más que ver nuestras maletas de madera y algunas, de cartón. Máximo Casillas me recuerda que alguno de su curso jugaba al fútbol descalzo para no romper el par de zapatos que tenía y que le tenían que durar el año. Las instalaciones de La Mejorada, pese a su aire un poco destartalado, suponían para la mayoría de nosotros un escalón superior. Allí descubrimos muchos de nosotros la ducha y muchos vieron por primera vez un váter. En el film “Un franco a 18 pesetas” hay una escena memorable. Los dos amigos han llegado a Suiza y se alojan en una pensión. Uno de ellos va al váter y cuando sale le dice al otro, impresionado por el rollo de papel higiénico: “oye, pero aquí ¿qué hacen con los periódicos?”. En La Mejorada tampoco había periódicos.

Pero La Mejorada acabó pronto. En el año 1954 nos trasladaron a este colegio de Arcas Reales, a las afueras de Valladolid. Aquello fue un cambio colosal. Y habría que preguntarse cómo esos frailes tan conservadores eran capaces de ofrecernos este colegio construido por unos de los grandes arquitectos del siglo XX y sin escatimar gastos. Se me ocurren dos explicaciones. Una, material: estos frailes pertenecientes a la sazón a “La Provincia de Filipinas” tenían recursos. Al parecer habían conseguido una fuerte indemnización por parte de los Estados Unidos debido a que durante la Guerra del Pacífico habían utilizado la Universidad de Santo Tomás de Manila de Cuartel General de sus ejércitos. Un superior visionario, el P. Sancho (¿existe alguna biografía de este singular personaje muy por encima de su tiempo?), decidió invertirlo de una forma creativa y creó este colegio y luego, el convento de San Pedro Mártir de Alcobendas. A esto habría que añadir “el mal de piedra”. Así se denominaba el afán de las órdenes religiosas de construir nuevos colegios para acoger el chorro de vocaciones que, tras la seguía de la República, inundaba España. Desde este lugar se podía divisar el colegio de los Maristas y luego el de los Redentoristas y el de los Agustinos…

Esa es una razón, pero también había otra que descubrimos más tarde pero que conviene señalarla ahora: a estos frailes les iba la modernidad y también la tradición. En la Orden de Predicadores había como una conflictividad estructural entre lo viejo y lo nuevo. Esto suena muy rebuscado, pero me refiero a lo siguiente. Los dominicos, a diferencia de los benedictinos o jesuitas, se caracterizan por una doble lealtad: fieles a la tradición, de ahí su pasión por Santo Tomás mantenido a lo largo de los siglos. Pero también fieles a su tiempo, de ahí su lema “contemplata aliis tradere” tan distinto del “ora et labora”, volcado al pasado, propio de los benedictinos, y del presentismo de los jesuitas siempre atentos a lo que se mueve y a lo que se lleva. Esa doble fidelidad, que es potencialmente fuente de una tensión muy creadora, era algo bien visible entre estos dominicos filipinos. Por un lado, eran muy conservadores, pedagógicamente muy poco al día. Y si uno relee el “Manual del colegial apostólico dominicano” del P. Casado se queda bastante sorprendido de la idea que se hacían del niño que tenían entre manos. Es como si delante no tuvieran niños de carne y hueso sino unos sujetos transcendentales que tienen el inconveniente de no existir. Pero esos mismos frailes construyen Arcas Reales y llaman a la puerta de Miguel Fisac que no era un arquitecto cualquiera. Construyen esta maravilla moderna pero además se traen deportes como el baloncesto, el béisbol o el atletismo; también el gusto por la nuevas técnicas -la emisora de radio, el cine fórum, la literatura- resultado quizá de un americanismo que les había contagiado en Filipinas. Por no hablar de los relatos que nos contaban aquellos misioneros que venían de Oriente y que abrían nuestra imaginación a otros mundos.

Lo que quiero decir es que los frailes profesores eran, por lo menos algunos, conscientes de esa novedad y trataban de hacérnosla comprender. Querían que lo valoráramos. ¡Cómo no evocar el entusiasmo del P. Tejedor hablándonos en sus clases de arte y cultura de Fisac, de la luz que inundaba la Iglesia, del santo Domingo de Jorge Oteiza, de la funcionalidad del arte… ¡Esto nos chocaba en un principio! Cualquiera de nosotros pensaba que la iglesia de su pueblo era más bonita que la de Fisac y el Santo Domingo de Oteiza no era un santo al que se pudiera rezar. Un día, en su afán por entusiasmarnos con el arte del lugar, nos leyó unas páginas de un libro cuyo autor creo que era José María Escudero. Contaba cómo una señora de buena familia, asustada por el atrevimiento de los nuevos artistas, fue a uno de su confianza para encargarle un Sagrado Corazón. Después de expresar sus deseos o sus gustos sólo pudo oír del artista en cuestión este exabrupto: “¡señora, la pastelería está dos números más abajo ¡”. Pasar de ese barroco sensiblero a la sobria espiritualidad de esta arquitectura suponía dejar atrás siglos de incultura y familiarizarnos con los nuevos tiempos.

Esa doble fidelidad nos marcó. Quien pasaba por aquí ya no se resignaba a volver al pueblo y ser lo que hubiera sido de no haber venido a este lugar. Por eso de aquí salieron profesores, maestros, abogados y buenos profesionales, es decir, gente dispuesta a promocionarse socialmente. Entró el mundo rural y salió una clase media

3. ¿Por qué digo que esta generación acabó en 1960? Es una forma de decir que esa tensión entre lo interno y lo externo, entre la lealtad a la institución y a la sociedad o como quiera que lo llamemos, toma la forma de un conflicto o de una crisis grave. Y es que esa doble fidelidad a lo viejo y a lo nuevo encierra una conflictividad inevitable. No era fácil, sobre todo para jóvenes que desde niños han vivido en internado, encajar el mundo que van descubriendo en los moldes de una institución que se quiere inamovible en lo esencial.  Ese conflicto se produce en la biografía de cada cual, en un momento determinado, pero colectivamente estalla en Alcobendas donde el gusto por lo moderno toma el paso.

Aquí habría que mencionar al entonces P. Muñoz Hidalgo, un hombre de muchos recursos dialécticos, muy relacionado socialmente y que tenía además un programa de televisión (creo que se titulaba “La familia por dentro”). En aquellos años (mi curso hacía el Preu) nos daba clases de retórica (oratoria) donde no nos enseñaba sólo cómo hablar sino cómo pensar. Claro, se trataba de hablar bien, de comunicar bien, pero para eso había que pensar de una manera distinta a como nos enseñaba, por ejemplo, el profesor de lógica, el P. Turiel, con sus “et quare” escolásticos. Pero lo memorable de su obra, vista con distancia, fue conseguir el desfile por aquella facultad de filosofía de intelectuales como Zubiri, Marías, Marañón, Luis Rosales etc. Hay que recordar el momento: finales de los cincuenta. Por aquel entonces una serie de intelectuales del régimen abandonan el redil, se vuelven críticos y ponen su mirada fuera de Europa. Eso tuvo una gran significación en España, pero entre los dominicos más porque algunos de ellos, con el P. Ramírez a la cabeza de un potente pelotón ubicado en San Esteban de Salamanca, pusieron el grito en el cielo. Los disidentes eran discípulos de Ortega y Gasset, y el P. Ramírez con sus secuaces estaba empeñado en meter sus obras en el “Índice de libros prohibidos”. La apertura de los dominicos de Alcobendas tenía que sonar a provocación a los dominicos de Salamanca. Por cierto, este P. Ramírez que adquirió fama en sus últimos años de sabio tomista, había sido uno de los responsables políticos de la eutanasia de la filosofía española tras la Guerra Civil. Los mejores filósofos de los años 30 tuvieron que exiliarse y su lugar fue ocupado por los vencedores de la guerra que impusieron por la bravas lo que se dio en llamar “el tomismo-leninismo”. El P. Ramírez, como Secretario del Instituto de Filosofía “Luis Vives” (del Csic) fue una pieza importante en esa tarea. Con razón ese Instituto acabó llamándose “Luis Mueres”.

Reseñable también es esa tarea de modernización fue el papel que jugaron algunos líderes estudiantiles. En general el carisma de estos líderes procedía de su quehacer futbolístico. Los más admirados eran los que mejor jugaban. Hubo excepciones, como la que representó en Alcobendas Aniceto Núñez, líder, pero por su cultura y capacidad intelectual.  Gente como él canalizaban el flujo de aire fresco que llegaba al estudiantado desde el exterior. A él, que fue también director de la revista estudiantil Oriente, llegaban las novelas más interesantes del momento (las de Carmen Laforet, Martín Descalzo, Bernanos etc.) y él las daba paso entusiasmando a los demás. La revista que dirigía quería temas de actualidad. A mí me animó a escribir un artículo sobre Marx…tarea que yo cumplí fusilando un libro recién llegado a España, El pensamiento de Carlos Marx, escrito por el francés Ives Calvez

Grupo de novicios en Ocaña (Imagen: P. Niceto Blázquez)
Lo que pasó es que llegó un momento en que aquello era demasiado. Había que cortar por lo sano. Algunos superiores propusieron levantar verjas para cerrar el contacto con el exterior a lo que el ya citado P. Sancho replicó con mucha flema: “si votos ¿para qué verjas? Y si verjas ¿para qué votos?”. ¡Hombre sabio este P. Sancho!. Pero algunas medidas se tomaron para impedir que la socialización de lo moderno que ya tenían conquistada los cursos superiores pasara a los nuevos. Así que el corte consistió en aislar a los nuevos de los veteranos. Lo que se pretendía era imposible pues se trataba de ir a contracorriente de los nuevos tiempos marcados, en la Iglesia, por el Vaticano II; en España, por la aparición de muchos movimientos críticos en el tardofranquismo; y en Europa, por el enfrentamiento de los hijos contra el mundo de los padres. La década de los sesenta fue de gran enfrentamiento intergeneracional. Y más, si cabe, España. No consiguieron aislar a los jóvenes. El conflicto se agravó: salieron muchos jóvenes de los colegios religiosos y conventos para integrarse en esa nueva sociedad que pedía paso; y los que se quedaron, incrementaron la conflictividad pues tampoco se quedaban a cualquier precio: el Vaticano II marcaba un rumbo que miraba hacia adelante.

De aquella generación, nuestro curso fue el más afortunado: nos dispersaron y a una buena parte nos mandaron a Francia. Cuatro jóvenes fuimos a Paris, Le Saulchoir, el centro de estudios dominicos más avanzado de la época. Allí nos colocaron –en parte para quitarnos de en medio, en parte para que nos formáramos- a unos jóvenes en torno a los 18 años que, pese a todo, venían de otro mundo porque si para los de casa éramos casos casi perdidos, allí, en Francia, éramos hijos del nacionalcatolicismo. Distábamos mucho de ser gente rebelde de ahí el choque emocional que supuso el contacto con ese lugar. Al llegar nos pusieron a estudiantes franceses como tutores. El mío era bibliotecario y me invitó a ayudarle en la tarea de repartir libros. Me explicó el procedimiento diciendo algo así como: “coges la ficha de solicitud y te fijas en el título del libro; mira en el fichero su ubicación en los estantes; lo sacas y lo pones en el cajetín del demandante”. Vale. Cojo la ficha y leo: J.P. Sartre, La P. Respectueuse (La puta respetuosa). Me quedo parado. Yo lógicamente no había leído nada de Sartre, pero sí me había empapado de la obra del belga Ch. Moeller, muy en boga entonces, titulada Literatura del silgo XX y cristianismo. Me había hecho una idea de este tal Sartre y había tomado nota de que era un autor peligroso por algo le habían condenado a figurar en el famoso “Índice de libros prohibidos”. Así que le digo a mi tutor: “oye, que esta obra está en el Índice”. Y me responde muy socarronamente: “el Índice es sólo para españoles e italianos”. Tomé buena nota y eso alimentó una reflexión que desde entonces no me ha abandonado: la del alcance de las afirmaciones dogmáticas.  Porque si leer en España un libro de esos sin permiso era pecado mortal y ese grave pecado no era capaz de pasar la prueba de los Pirineos, algo no funcionaba entre los que administraban las penas del infierno. Más allá de la experiencia personal, lo que nos es propio es el paso en pocos años de unos modelos a otros, de unas convicciones sociales a otras o, dicho en plan cursi, “de unos paradigmas a otros”. Lo eterno nos duraba poco.

 Luego vino un nuevo tiempo que es el marco de la generación del Concilio y de la democracia. El Concilio supuso un vendaval de aire fresco hacia dentro de la Iglesia. El tomismo, por ejemplo, quedó si no sepultado al menos oscurecido por nuevas corrientes teológicas y filosóficas. En España ese aggiornamento de la Iglesia fue algo más que un asunto religioso. El franquismo, al haber dependido tanto del nacionalcatolicicismo, quedó tocado ya que se tambaleaba uno de los pilares de su legitimación, la Iglesia católica preconciliar. Algunos que estábamos en Roma cuando la elección de Pablo VI pudimos ver (con gran regocijo nuestro) la desolación de los profesores españoles en el Angelicum al enterarse que el nuevo Papa era aquel denostado Montini que se había enfrentado a Franco pidiendo la conmutación de la pena de muerte del comunista Julián Grimau (luego, ya Papa, se planteó romper totalmente con la dictadura a lo que Franco respondió con la “cárcel para curas” de Zamora).

Estos cambios estructurales alcanzaron a muchos de aquellos jóvenes dominicos: unos se fueron a Chile y se encontraron en el centro de una experiencia política y religiosa que fue pionera y marcó la historia de Europa y América en aquella década; otros muchos se fueron a casa, digo que “a casa” porque desde dentro, desde el convento, ya se había descubierto que la laicidad, la vida laica, no era una negación de la vida religiosa, sino otra forma de ser cristiano. Los hubo que se implicaron más a fondo con la causa de la libertad (y por tanto de la lucha antifranquista) movidos por su propia formación religiosa (ETA nació en los seminarios; la ORT de los jesuitas; la USO de la Joc; a Comisiones Obreras se incorporaron los obreros de la Hoac etc.). Otros muchos evidentemente siguieron fieles a su compromiso inicial, consiguiendo encajar todas las piezas. Son los que ahora nos acogen y acompañan. Desde la autoridad de su vida dedicada a los ideales dominicanos nos invitan, como acaba de hacer Pedro Juan, a que soplemos las ascuas de la experiencia en común que hoy nos convoca y que no las dejemos apagar. Vaya desde aquí nuestro agradecimiento.

4. Nuestros destinos fueron diferentes y el hecho de que tras tantos tumbos nos encontremos hoy aquí de nuevo juntos, obliga a preguntarnos ¿qué nos une además de haber compartido infancia y/ juventud en un internado? Haber tenido una infancia común, no es poco. Walter Benjamin decía que “la infancia es la patria de la que nunca nos hemos ido y a la que siempre volvemos”. Pero ¿hay algo más? Seguramente sería más fácil decir lo que nos separa: distintas profesiones, distintas orientaciones políticas o ideológicas, distintas experiencias vitales. Aunque la respuesta correcta a este tipo de preguntas la tendríamos que dar uno por uno, me voy a permitir decir –“a ojo de buen cubero” como decía el P. Alberto- lo siguiente: quizá tengamos en común un aprecio al mundo de los valores. No nos educaron en el cinismo sino en el esfuerzo y el compañerismo. Somos una generación cívica con sentido del bien común (uno de los lugares más señalados de la cultura tomista). Leo en el periódico de hoy este titular que da el británico Ken Loach, el ganador del último festival de Cannes, con su película Yo, Daniel Blake: “La idea del bien común ya no existe. Ha sido aniquilada”. Hoy es una rareza pero en esta rareza nos educaron. El cineasta británico quizá piense en la insolidaridad de un mundo tan competitivo como el nuestro.  Lo que aquí nos enseñaban era solidaridad y algo más: el lugar eminente de lo público en la jerarquía social. Quizá por esa cultura solidaria de origen cuando nos vemos domina más el aprecio y la confianza que la competitividad. La reunión de exalumnos al cabo de muchos años es un lugar muy frecuentado por cierta narrativa novelística. Normalmente la cosa suele acabar mal. Lo podemos ver en una novela de José Jiménez Lozano, Los Compañeros. Cuenta el encuentro de compañeros de curso 40 años después de haberse dispersado. Lo que pudo ser un buen día de asueto se convirtió en un polvorín de pasiones, malos recuerdos, rencores y cuentas pendientes. No creo que sea eso nos pase a nosotros.

Y hay otra cosa que puede tener más importancia a la hora de explicar eso que nos une. Me refiero a nuestros orígenes. Venimos la mayoría de pueblos, somos gente de pueblo. Veo delante de mí a Felicísimo Martínez, un fraile que vive más en el aire que en tierra firme. En lo que llevamos de año ha viajado al Oriente y varias veces a América Latina. Bueno pues Felicísimo (que él me corrija si no es así) nunca han salido del pueblo. Puede resultar chocante lo que estoy diciendo: hace un momento afirmaba con aplomo que nosotros, una vez que hemos pasado por Arcas, ya nunca más volveríamos al pueblo; y ahora, con la misma contundencia, digo que nunca hemos salido del pueblo. Las dos cosas son verdad y esas dos experiencias, con todas sus contradicciones, nos caracterizan.

Todo esto explica que tengamos un lenguaje común. Lo entendemos mejor si nos comparamos con exalumnos de El Colegio de El Pilar, un colegio de élite. Hace unos días tuvieron una reunión de la que informó la prensa. Lo que se traslucía de la información que daban es que hablaron de negocios, de reales academias, de premios, es decir, de poder. Afortunadamente algo así sería impensable entre nosotros. Primero porque no tenemos poder con el que negociar y, sobre todo, porque eso no nos va.

Ordenación en Alcobendas (Imagen: Avelino Galende)
4. El título que encabezan estas divagaciones me lleva a la última consideración. Tiene que ver con la actualidad o inactualidad de la Orden de Predicadores que ahora celebra sus 800 años de existencia. Pues bien, me pregunto si esa doble experiencia de estar dentro y fuera -de haber abandonado el pueblo y no poder salir de él- no sólo caracteriza nuestras biografías sino también la de la Orden de Predicadores. Es verdad que esta Orden nace en el momento en que se forman las ciudades y que eso les diferencia de los benedictinos. Nacen, pues, como una institución moderna, pero esta orden monástica, vista desde hoy, tiene algo o mucho de arcaica, pues está muy alejada de los parámetros de la modernidad o posmodernidad que nos envuelve. Dicho en jerga filosófica: es una institución a-contemporánea, fuera de lo contemporáneo, de lo que se lleva. Ahora bien ¿significa eso que sea algo superado, es decir, in-significante, sin significado para nuestro tiempo? A veces lo a-contemporáneo es lo más significativo para el presente y lo que más puede decirle. Creo que hay razones para pensar que ese pasado es muy elocuente, es decir, que tiene algo importante que decirnos. Hablemos pues de ello.

Desgraciadamente no hay tiempo para analizar cómo es nuestro tiempo. Pero digamos al menos que es un tiempo caracterizado por el vértigo, la aceleración, la prisa. En una palabra, el progreso. Cada sociedad tiene su ritmo, su modelo de movimiento: para los primitivos ese ritmo le marcaba el paso del hombre, luego el del caballo, el del barco, el del tren, el del avión y hoy…el del internet. A nosotros nos gustaría que las cosas se hicieran a la velocidad de internet (que es la de la luz, es decir, prácticamente la instantaneidad). Cuando viajamos nos gustaría llegar al instante de partir. No damos importancia al trayecto por eso el tiempo invertido en un traslado, en un viaje aéreo, lo consideramos tiempo perdido, salvo que podamos trabajar en algo. La modernidad que nos habita tiende a borrar el tiempo y el espacio.

Eso, que tiene sus ventajas, conlleva también muchas contraindicaciones. Es mucho lo que perdemos viviendo a esa velocidad. Para empezar, la velocidad mata (mueren más en las carreteras que en las guerras). Muerte también de la experiencia que ha sido sustituida por las vivencias, que no es lo mismo. La experiencia consiste en metabolizar lo que vivimos en algo propio. La vivencia son prontos, instantes, picotazos que nos asaltan y que no dejan huella. Para que las vivencias se transformen en experiencias hace falta tiempo que es precisamente lo que no tenemos. Una tercera gran pérdida consiste en la eliminación de la distinción entre vida privada y vida pública (en TVE lo privado es público; y lo público se privatiza, algo que han entendido perfectamente los corruptos) …Podríamos seguir en esa misma onda.

Pues bien, para un mundo así, este tipo de instituciones que vienen de lejos tienen algo que decir; algo que sólo ellas saben o tienen porque lo saben como resultado de su propia vida, de las vidas acumuladas a lo largo de los siglos. Fijaos que me refiero a su modo de vida y no ya a su espiritualidad (un capítulo muy importante pero que dejo en manos más competentes, como las de Felicísimo Martínez que acaba de escribir un libro, titulado Ve y Predica. La predicación dominicana en los siglos XIII y XXI, sobre este particular). Yo me atengo a su modo de vida, a lo que nos pueda decir su modo de vivir y que debería ser accesible a cualquier contemporáneo nuestro más allá de sus creencias.

¿Y qué es lo que nos puede decir? Lo primero tiene que ver con su ritmo de vida, que es un ritmo pausado que nos reconcilia con los demás y con la naturaleza. El ritmo de esta orden religiosa es el gregoriano (el de Beethoven dicen que es el ritmo del tren; y el de Mahler, el del avión). Si uno experimenta ese ritmo, lo disfruta. Quien tenga cerca un monasterio es como si tuviera a mano un sanatorio del espíritu. La iglesia francesa y alemana ha entendido la elocuencia de esos lugares por eso los tiene abierto, para que la gente entre, los pasee y se deje interpelar. Cobrar entradas por ver una iglesia, como se hace en España, además de ser ilegal (según que me ha explicado detalladamente un jurista de pro como Miguel Rodríguez y Herrero de Miñón) es de una enorme torpeza estratégica.

Un segundo aspecto que nos podría decir mucho, tiene que ver con la organización del tiempo. La vida en un monasterio está organizada con un criterio dual que nos queda muy lejos pero que conviene tener presente. La semana se divide entre días festivos y días laborables; y el día, entre “horas” de meditación o reflexión y tiempo de trabajo. Es la organización del tiempo conforme al calendario litúrgico que es de la máxima importancia social porque, en la cultura de ese calendario, los días festivos tenían por tarea dar sentido al trabajo, a los días de trabajo. De esta manera el conjunto de los días se cargaba de sentido. Hoy las cosas son muy diferentes ya que sólo hay días laborables. Es verdad que algunos son de descanso, pero son eso, descanso para reponer fuerzas y volver al trabajo. Se han cambiado las tornas privando a los días de sentido.

Hay una tercera lección, a saber, el recurso a la palabra como medio de comunicación y de solución de conflictos. La Orden de Predicadores nace en un momento clave de Europa. Los cátaros era un potente movimiento de renovación espiritual y política que pudo cambiar la historia de Occidente. Contra ese movimiento se conjuraron los poderes políticos (el Rey de Francia) y eclesiásticos (al frente el Papa Inocencio III). Fueron exterminados y los historiadores anotan la singularidad de la violencia ejercida contra ellos: por primera vez se acudía al poder político y militar para yugular un movimiento espiritual. Luego la cosa (el recurso a la violencia para acabar con las ideas peligrosas) se convirtió en costumbre. Llama la atención que en ese enclave apareciera un cura de Burgos, Domingo de Guzmán, que capta la importancia del conflicto pero que en vez de sumarse a los que proponen acabar con ellos a sangre y fuego, lo que plantea es el recurso a la palabra, por eso creó una Orden de Predicadores, de hablantes cualificados, pues entiende que esa palabra tiene que estar fundada, de ahí la importancia del estudio y de los libros.

Y, para no alargarme más, nombraría un nuevo elemento de la máxima actualidad que resume todo: la combinación de tradición e innovación. No es una orden tradicionalista porque somete la tradición (lo recibido) al estudio y por tanto al cambio. Tampoco es una orden casada con el presente, con lo que se lleva, con la actualidad. En ese sentido esta Orden no es una institución entregada a la ideología del progreso.

Todos hemos visto el film El nombre de la rosa y algunos habrán leído la novela de Umberto Eco. Esa novela nunca hubiera podido ser ambientada en un convento de dominicos por la sencilla razón de que el deseo de leer un libro nuevo no sería castigado sino alentado. Digo esto porque, como bien recodaréis, lo que sorprende a Fray Guilllermo de Baskerville, el monje detective que viene de fuera, es que los monjes de la casa son asesinados porque quieren leer un libro nuevo que ha llegado al monasterio. Cuando el asesino -fray Jorge de Burgos, un español venido de Palencia- es descubierto explica por qué lo hace. Le dice al monje británico que San Benito dejó dicho que la humanidad ya sabía lo que necesitaba para salvarse. La tarea de los monjes consistía en transmitir lo sabido. Cualquier novedad era peligrosa porque podía cuestionar lo ya sabido. Por eso, para conjurar el peligro que traía consigo un libro nuevo, él, el bibliotecario, el hombre encargado de conservar los saberes fundamentales, había tomado la decisión de acabar con los curiosos colocando un veneno mortal en los bordes de las páginas de suerte que, al ensalivar el dedo para pasar la página, el veneno llegara a la boca y cerrara así la boca del fraile curioso para siempre. Eso nunca lo hubiera hecho un fraile dominico que vivía del estudio. Un acompañante de Bartolomé de las Casas cuenta su viaje de Salamanca a Chiapas (México) adonde se dirigía para tomar posesión de la diócesis de la que le habían nombrado obispo. La expedición de Las Casas, con 46 dominicos de San Esteban, tuvo un naufragio en Campeche y lo que cuenta es que los frailes ponían tanto empeño en salvar a los hombres como a los libros.

Es hora de acabar. Todo este repaso a un itinerario que en algún momento hemos recorrido juntos nos da a entender que ha valido la pena porque es valioso. Valioso para nosotros y quizá también para nuestro tiempo. Y la pregunta que tendríamos que hacernos es si no tenemos la responsabilidad de cultivarlo, de mantenerlo y de trasmitirlo. Podemos discutirlo. Lo que está fuera de toda discusión es que nosotros no acabaremos tarifando como Los Compañeros de la novela de Jiménez Lozano. Muchas gracias.

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        ***En el encuentro de Antiguos Alumnos de los Dominicos de la Provincia del Rosario, celebrado en el Colegio Arcas Reales, Valladolid, el día 28 de mayo del 2016

3 comments:

  1. Estupenda conferencia de Reyes, profunda y accesible a la vez. Le reitero mi felicitación.

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    1. Gracias amigo Reyes por ayudarnos a recordar desde tu óptica personal, como no podía ser de otra manera, momentos entrañables de nuestra pequeña historia. Has estado bien, a mi modo de ver, mejor en la primera parte del discurso que en la segunda; pero en definitiva bien y quiero felicitarte por ello. No te enfades si te digo que me hubiera gustado alguna alusión a Sta María de Nieva, Ocaña , o Ávila de la que tu eres un enamorado . Como ves somos insaciables... . Un par de cosas más. Yo siempre había creído que los famosos " quares" del P. Turiel tenían que ver con la metafísica. Y por último te aseguro que Aniceto Nuñez fue un grandísimo extremo derecha con una cabeza prodigiosa también para rematar balones. Si lo sabré yo que en cuanto le veía cerca del área me ponía a rezar. Un abrazo, amigo

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